Diego recorrió la plaza por tercera vez consecutiva. Cada tanto, llevaba su mano derecha a su cabeza y la frotaba, como si fuera la lámpara de algún genio, intentando dar a luz a una idea.
El sol se había terminado de esconder hace algunos minutos. Las hojas caídas de los árboles se amontonaban en distintos sectores del camino y emitían quejidos, en su lengua incomprensible, al ser pisadas. Casi ningún juego de la plaza se mantenía en buen estado, para no decir que estaban, prácticamente, hechos mierda; inútiles si se trataba de intentar entretener a algún niño. A pesar de su aspecto, la plaza tenía un encanto especial, la energía era distinta dentro de ella, cuando caía la noche. Diego, Sol, y varias personas más lo sabían, pero hoy, él la encontraba vacía. Era un pedazo de tierra, un cuerpo sin vida que amagaba con revivir, pero no lo hacía.
Ella no había llegado, y, considerando el tiempo que había pasado, parecía que no se iba a presentar. Lo había plantado. Se habían visto un par de veces apenas, y el motivo por el cual se reunían era estrictamente profesional. O algo así. La primera que se vieron fue allí mismo, en la plaza.
Decidió caminar hasta la casa de Sol.
Tocó el timbre y esperó. Tocó una vez, luego dos, luego tres, cuatro, cinco... hasta que una vecina, cuya edad rondaba los sesenta, salió de su hogar, por curiosidad.
—Disculpe, ¿tiene idea si Sol está en la casa? —preguntó Diego.
—¿Cómo?
—Le pregunté si Sol está en casa —dijo, alzando la voz.
—¿Sol?
—Sí, Sol. Una chica joven. Morocha.
—Sol...
—Sí, Sol.
—Qué raro.
—¿Qué cosa?
—Ahí nunca vivió ninguna chica morocha, joven, que se llamara Sol. Ahí nunca vivió ninguna chica. Me mudé acá hace diez, quince años, y, que yo recuerde, ahí nunca vivió nadie, en realidad.
El sol se había terminado de esconder hace algunos minutos. Las hojas caídas de los árboles se amontonaban en distintos sectores del camino y emitían quejidos, en su lengua incomprensible, al ser pisadas. Casi ningún juego de la plaza se mantenía en buen estado, para no decir que estaban, prácticamente, hechos mierda; inútiles si se trataba de intentar entretener a algún niño. A pesar de su aspecto, la plaza tenía un encanto especial, la energía era distinta dentro de ella, cuando caía la noche. Diego, Sol, y varias personas más lo sabían, pero hoy, él la encontraba vacía. Era un pedazo de tierra, un cuerpo sin vida que amagaba con revivir, pero no lo hacía.
Ella no había llegado, y, considerando el tiempo que había pasado, parecía que no se iba a presentar. Lo había plantado. Se habían visto un par de veces apenas, y el motivo por el cual se reunían era estrictamente profesional. O algo así. La primera que se vieron fue allí mismo, en la plaza.
Decidió caminar hasta la casa de Sol.
Tocó el timbre y esperó. Tocó una vez, luego dos, luego tres, cuatro, cinco... hasta que una vecina, cuya edad rondaba los sesenta, salió de su hogar, por curiosidad.
—Disculpe, ¿tiene idea si Sol está en la casa? —preguntó Diego.
—¿Cómo?
—Le pregunté si Sol está en casa —dijo, alzando la voz.
—¿Sol?
—Sí, Sol. Una chica joven. Morocha.
—Sol...
—Sí, Sol.
—Qué raro.
—¿Qué cosa?
—Ahí nunca vivió ninguna chica morocha, joven, que se llamara Sol. Ahí nunca vivió ninguna chica. Me mudé acá hace diez, quince años, y, que yo recuerde, ahí nunca vivió nadie, en realidad.
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