El Mudo entró en la casa de Madera y le pareció chocar contra una pared invisible. La calidez lo abrazó. Tomó asiento en un sillón en el living de la casa. Era una casa espaciosa y bastante bonita, o eso suponía: no conocía nada más allá del living. No conocía el baño, la heladera o las habitaciones: nunca lo habían invitado a pasar.
Aceptó un café y aguardó, a solas. Todo estaba igual que la última vez que vino.
Cuando el primer sorbo de café besó su garganta, sintió que un Dios estaba entrando en su cuerpo.
—No le pusiste azúcar —dijo.
—No.
—No me preguntaste si quería.
—Nunca te gustó. Y nunca vas a cambiar.
No supo descifrar sí había un mensaje secreto en el fondo de esas palabras.
—Hace un año que no nos vemos, Mudo. Y venís a casa, con un flaco cualquiera, a las doce de la noche, y me pedís entrar.
—Pensé que me podías ayudar.
—No cambiaste en nada, loco. Los años te esquivan.
—Capaz que a vos te pegan muy fuerte.
Una voz, femenina, grita "Mauro", desde algún lado de la casa. Lo estaba llamando su mujer. Suponía que desde la habitación. Mauro se disculpó y se retiró del living, cerrando la puerta. Aguirre intentó escuchar qué decían, pegando la oreja a la pared, pero fue un esfuerzo inútil.
Al cabo de unos minutos, Mauro volvió.
—Disculpá. Flor había escuchado voces y no se podía dormir.
—No, no te disculpes. Yo tengo que pedir perdón. No me di cuenta.
Mauro dibuja en su cara una expresión que significa " no pasa nada" en el lenguaje de toda la vida.
—¿Cuántos años tiene?
—El mes que viene cumple 4. Creo.
—¿Cómo "creo"?
—Te estoy jodiendo. Nació el siete a las cinco menos diez de la madrugada.
—Tres años. No lo puedo creer.
Silencio en la sala.
—¿Qué es de tu vida? —dijo Mauro.
—Nada, vivo. Igual que siempre. Vos lo dijiste.
—¿Todo todo sigue igual?
—Sí, todo.
—La puta madre.
—Sí, la puta madre.
Miraron el suelo, evitando mirarse a los ojos. Si estos eran el reflejo del alma, no querían perderse entre tanta nube gris.
—¿Y Caro? —dijo el Mudo.
—Arriba.
—¿Le dijiste que vine?
—Sí. Me preguntó ella. Lo adivinó, prácticamente.
—¿Me odia, no?
—Sí, boludo.
—Y bueno, alguien tenía que hacerlo.
Sonrieron. Una sonrisa débil, nostálgica, apagada.
La situación rozaba la incomodidad. Era una representación del paso del tiempo, de caminos separados, de grandes decisiones y pequeños autoengaños. Era un reclamo al Dios del Tiempo y un insulto al yo-interior.
—¿Quién es el flaco de afuera?
—Un amigo.
—¿Qué tipo de amigo?
—Un amigo de la plaza. Un amigo que necesita ayuda.
—No veo cómo puedo ayudarlo.
—Está buscando a una mina que le robó algo. Se llama Sol. La mina es habitué de la Plaza.
—Vos sabés que hace años no voy para allá. Aparte, ¿qué le robó? ¿Hace cuánto lo conocés? ¿Y por qué lo ayudás?
—Ni idea qué le robó. Algo importante, eso sí.
—Bueh.
—Vino ayer a la plaza y le preguntó a todos por la piba esta. Cuando digo "a todos" es "a todos", eh. Parecía desesperado. Y nada, me ofrecí a ayudarlo. ¿Por qué no?
—Vos estás loco.
—Y vos querés ser como yo.
Mauro no lo podía creer. "Gabriel 'el Mudo' Aguirre" seguía siendo "Gabriel 'el Mudo' Aguirre". Y su nivel de bondad seguía siendo el mismo.
—No, yo no quiero ser como vos, Mudo. Somos dos personas muy diferentes. Si no fuera por el pasado, vos y yo no tendríamos nada en común, más que estar vivos.
Costó, pero lo dijo. Pensaba que las palabras se le iban a quedar en la garganta; no sabía si tanta verdad iba a caber en un lugar tan minúsculo. La verdad, cuando no florece a tiempo, se vuelve una sustancia difícil de eliminar. No sabía si ocurriría en segundos, en minutos, o en años, pero sabía que ocurriría. En algún momento de su vida, deseará no haber dicho esas palabras.
Gabriel no respondía. Estaba digiriendo lo que había escuchado.
Había un culpable en todo esto, pero ninguno podía decidir quién era. ¿Quién tenía la culpa si el pasado unió pero el presente separa? ¿Quiénes fueron? ¿Quiénes son ahora?
Aguirre lloró lágrimas invisibles y el silencio lo devoró todo de un bocado. Ángeles de piel gris tocaron la canción muda del olvido.
Todo estaba roto.
Aceptó un café y aguardó, a solas. Todo estaba igual que la última vez que vino.
Cuando el primer sorbo de café besó su garganta, sintió que un Dios estaba entrando en su cuerpo.
—No le pusiste azúcar —dijo.
—No.
—No me preguntaste si quería.
—Nunca te gustó. Y nunca vas a cambiar.
No supo descifrar sí había un mensaje secreto en el fondo de esas palabras.
—Hace un año que no nos vemos, Mudo. Y venís a casa, con un flaco cualquiera, a las doce de la noche, y me pedís entrar.
—Pensé que me podías ayudar.
—No cambiaste en nada, loco. Los años te esquivan.
—Capaz que a vos te pegan muy fuerte.
Una voz, femenina, grita "Mauro", desde algún lado de la casa. Lo estaba llamando su mujer. Suponía que desde la habitación. Mauro se disculpó y se retiró del living, cerrando la puerta. Aguirre intentó escuchar qué decían, pegando la oreja a la pared, pero fue un esfuerzo inútil.
Al cabo de unos minutos, Mauro volvió.
—Disculpá. Flor había escuchado voces y no se podía dormir.
—No, no te disculpes. Yo tengo que pedir perdón. No me di cuenta.
Mauro dibuja en su cara una expresión que significa " no pasa nada" en el lenguaje de toda la vida.
—¿Cuántos años tiene?
—El mes que viene cumple 4. Creo.
—¿Cómo "creo"?
—Te estoy jodiendo. Nació el siete a las cinco menos diez de la madrugada.
—Tres años. No lo puedo creer.
Silencio en la sala.
—¿Qué es de tu vida? —dijo Mauro.
—Nada, vivo. Igual que siempre. Vos lo dijiste.
—¿Todo todo sigue igual?
—Sí, todo.
—La puta madre.
—Sí, la puta madre.
Miraron el suelo, evitando mirarse a los ojos. Si estos eran el reflejo del alma, no querían perderse entre tanta nube gris.
—¿Y Caro? —dijo el Mudo.
—Arriba.
—¿Le dijiste que vine?
—Sí. Me preguntó ella. Lo adivinó, prácticamente.
—¿Me odia, no?
—Sí, boludo.
—Y bueno, alguien tenía que hacerlo.
Sonrieron. Una sonrisa débil, nostálgica, apagada.
La situación rozaba la incomodidad. Era una representación del paso del tiempo, de caminos separados, de grandes decisiones y pequeños autoengaños. Era un reclamo al Dios del Tiempo y un insulto al yo-interior.
—¿Quién es el flaco de afuera?
—Un amigo.
—¿Qué tipo de amigo?
—Un amigo de la plaza. Un amigo que necesita ayuda.
—No veo cómo puedo ayudarlo.
—Está buscando a una mina que le robó algo. Se llama Sol. La mina es habitué de la Plaza.
—Vos sabés que hace años no voy para allá. Aparte, ¿qué le robó? ¿Hace cuánto lo conocés? ¿Y por qué lo ayudás?
—Ni idea qué le robó. Algo importante, eso sí.
—Bueh.
—Vino ayer a la plaza y le preguntó a todos por la piba esta. Cuando digo "a todos" es "a todos", eh. Parecía desesperado. Y nada, me ofrecí a ayudarlo. ¿Por qué no?
—Vos estás loco.
—Y vos querés ser como yo.
Mauro no lo podía creer. "Gabriel 'el Mudo' Aguirre" seguía siendo "Gabriel 'el Mudo' Aguirre". Y su nivel de bondad seguía siendo el mismo.
—No, yo no quiero ser como vos, Mudo. Somos dos personas muy diferentes. Si no fuera por el pasado, vos y yo no tendríamos nada en común, más que estar vivos.
Costó, pero lo dijo. Pensaba que las palabras se le iban a quedar en la garganta; no sabía si tanta verdad iba a caber en un lugar tan minúsculo. La verdad, cuando no florece a tiempo, se vuelve una sustancia difícil de eliminar. No sabía si ocurriría en segundos, en minutos, o en años, pero sabía que ocurriría. En algún momento de su vida, deseará no haber dicho esas palabras.
Gabriel no respondía. Estaba digiriendo lo que había escuchado.
Había un culpable en todo esto, pero ninguno podía decidir quién era. ¿Quién tenía la culpa si el pasado unió pero el presente separa? ¿Quiénes fueron? ¿Quiénes son ahora?
Aguirre lloró lágrimas invisibles y el silencio lo devoró todo de un bocado. Ángeles de piel gris tocaron la canción muda del olvido.
Todo estaba roto.
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