Diego lo pasó a buscar antes de la medianoche. A pie. Cuando caminó hasta el árbol en donde estaban ayer, no lo encontró. Llegó al cabo de unos minutos.
La Plaza estaba un poco más muerta que lo habitual.
Muerta.
Ella no podía estarlo. La idea lo aterraba. Si se suicidó o fue asesinada le daba lo mismo. O quizás no, pero a grandes cuentas era lo mismo: no iba a volver. Debía volver, debía devolverle ese pedazo de vida, esa porción de alma, ese cuarto de corazón.
Una semana. La había visto una semana pero sentía que la conocía de toda la vida, o, en su defecto, de toda la muerte.
Quizás el tiempo era inútil.
Todavía no había caído. Éste era el momento.
—¿De qué laburás? —dijo el Mudo.
—¿Eh?
—Qué hacés para no cagarte de hambre, pregunto.
—Nada que me pueda hacer millonario.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada, que te seguís haciendo el boludo.
—Más adelante te cuento. En serio.
—Capaz no hay un más adelante. Además, ¿adónde estamos yendo?
—Yo te estaba siguiendo a vos.
—Yo también. Qué boludo.
—¿Y vos de qué laburás?
El Mudo tardó un par de pasos en contestar, aunque tenía todo el derecho cono para no hacerlo. La pregunta era algo atrevida, considerando que él no la había contestado.
—No trabajo.
—Dale, no me jodas.
—En serio, no hago nada de nada. No genero, solo gasto.
—¿Tenés ahorros?
—Algo así.
—No te creo.
—Yo tampoco.
—¿Con respecto a qué?
—Con respecto a nada, dejá. Entonces, ¿no tenés idea a dónde mierda vamos?
—No —respondió Diego. Su fábrica de ideas se había apagado hace algunos días, como una lámpara a la hora de irse a dormir. Estaba en modo automático, en manos de ese flaco que podía ser quien aparentaba ser o, tranquilamente, ser un ladrón, o un asesino, o ambas. Estaba a la deriva en busca de un guía humano.
—Yo sé donde podemos ir —dijo el Mudo.
—¿Dónde?
—Tengo un amigo. Vení, no queda muy lejos.
—¿Puede saber algo?
—Es de la Plaza. Es más posible que no sepa una mierda, pero bueno, es mejor que nada.
Todo era mejor que nada.
Diego asintió, y caminaron.
Caminaron y siguieron caminando. Las cuadras quedaban atrás, en silencio. Las calles y las casas se volvían anónimas. La noche tenía un tono distinto. El silencio era más fuerte. Al cabo de un tiempo, Diego ya no sabía dónde estaba.
—¿Estamos cerca? —preguntó.
—No.
—¿Falta mucho?
—¿Te digo la verdad?
—Estaría bueno.
—No tengo la menor idea.
Y lo miró, sonriente.
¿Quién lo había mandado a caminar con ese tipo? La desesperación. Últimamente pensaba con la claridad de un carbón. Primero lo ocurrido con Sol, ahora esto. La pregunta importante era: ¿estaba en peligro? El tipo estaba solo, sí, pero estaba en la Plaza. Parecía encajar con el ambiente, conocerla desde hace tiempo.
—¿Por qué estabas solo? —preguntó Diego.
—¿Cuándo?
—Ayer, en la plaza.
Seguían caminando.
—Ayer necesitaba estar solo. Hoy necesito hablar.
—¿Por qué?
—Porque somos personas. La soledad es una excusa. Dale al más egoísta un año de soledad y presenciá el suicidio más irónico que puedas ver.
Diego guardó silencio. Era la segunda o tercera vez que el Mudo traía a colación el tema del suicidio.
Su apodo era irónico, por supuesto.
Aguirre se detuvo, de la nada, como si un recuerdo hubiera acudido lentamente a su cabeza, ascendiendo desde las profundidades de un volcán dormido. Retrocedió unos pasos y se paró delante de una puerta azul, una casa bonita en un barrio común. Durante unos instantes, se dedicó a contemplar la puerta. Luego, le dio la espalda y observó la vereda de enfrente. Las puertas, los colores, las ventanas, los garajes, las rejas. Diego lo miraba con intriga, unos pasos al costado. El otro le devolvió la mirada y sonrió.
'Es por acá', le dijo.
Diego lo siguió.
—Hace rato no lo veo, hace rato no vengo para acá. No estábamos tan perdidos, igual. El flaco vive a un par de cuadras.
—¿Cómo se llama?
—Le decíamos Madera.
—¿Por qué?
—Es el apellido. Se llama Mauro Madera. M&M, como los cosos esos que son parecidos a los Rocklets.
—Tengo el minúsculo presentimiento de que este tipo no tiene ni la más puta idea acerca de Sol.
—¿Y por qué me seguís?
—Si conoce la Plaza, nos puede dar una idea, por dónde buscar o a quién preguntar. Igual, vos también conocés y me traés a ver a este tipo, qué se yo. Todo es mejor que nada.
—Nos vamos entendiendo, Diego.
Llegaron a la casa y tocaron timbre.
El lugar desprendía una calidez a la que no estaban acostumbrados.
Al cabo de unos minutos, un hombre salió.
—¿Qué hacés, Madera, tanto tiempo? —dijo Aguirre.
Era un poco más alto que el Mudo. Vestía un sweater marrón y unos jeans negros. Parecía estar cansado y se sorprendió al ver a Aguirre.
—¿Vos sabés qué hora es, Mudo? —respondió.
—No, ni idea.
—Son las 12. ¿Y quién es él?
—Es un amigo que necesita ayuda.
—Me parece que te equivocaste, Mudo.
—¿Por qué? ¿No somos amigos?
—Despertaste a Flor. Se asustó con el timbre.
—Uh, disculpá...
—No es horario para visitas.
—Ya sé, pero capaz...
—Y no nos veíamos hace un año. ¿Tan importante es?
—¿Podemos pasar?
El hombre de la casa los examinó con la mirada.
—Cinco minutos. Y entrás vos solo, tu amigo se queda afuera.
El Mudó entró a la casa.
Diego se sentó en cordón de la vereda. La noche parecía estar en calma; no había autos que desfilasen delante suyo, ni personas que caminasen a su espalda. No había voces que penetrasen en su oído.
No había Sol.
Se estaba cansando de buscar y ni siquiera había comenzado. Quería que aparezca, lo necesitaba, como agua para vivir. ¿Por qué había sido tan estúpido?
Si un Dios le hacía elegir entre Sol y lo que quería de vuelta, no sería una decisión fácil.
El silencio había desaparecido por unos segundos. Había escuchado la voz de Sol.
Detrás suyo, la puerta se abrió.
—¿Y? —dijo Diego.
—Seguime. No podemos hablar acá.
Las cuadras, en silencio, parecen durar kilómetros.
La cabeza de Diego empezaba a trabajar.
El Mudo lo miraba cada varios pasos. Caminaba delante de él.
El cerebro de Diego, poco a poco, se iba despertando.
Aguirre miró hacia ambos lados de la calle, y luego se detuvo. Le cruzó el cuerpo a Diego, impidiéndole el paso.
Diego entendió que había reaccionado tarde.
Con un movimiento lento, como un secreto siendo contado, el Mudo Aguirre sacó un revólver de la cintura.
—¿Quién mierda sos, Diego? —dijo.
La Plaza estaba un poco más muerta que lo habitual.
Muerta.
Ella no podía estarlo. La idea lo aterraba. Si se suicidó o fue asesinada le daba lo mismo. O quizás no, pero a grandes cuentas era lo mismo: no iba a volver. Debía volver, debía devolverle ese pedazo de vida, esa porción de alma, ese cuarto de corazón.
Una semana. La había visto una semana pero sentía que la conocía de toda la vida, o, en su defecto, de toda la muerte.
Quizás el tiempo era inútil.
Todavía no había caído. Éste era el momento.
—¿De qué laburás? —dijo el Mudo.
—¿Eh?
—Qué hacés para no cagarte de hambre, pregunto.
—Nada que me pueda hacer millonario.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada, que te seguís haciendo el boludo.
—Más adelante te cuento. En serio.
—Capaz no hay un más adelante. Además, ¿adónde estamos yendo?
—Yo te estaba siguiendo a vos.
—Yo también. Qué boludo.
—¿Y vos de qué laburás?
El Mudo tardó un par de pasos en contestar, aunque tenía todo el derecho cono para no hacerlo. La pregunta era algo atrevida, considerando que él no la había contestado.
—No trabajo.
—Dale, no me jodas.
—En serio, no hago nada de nada. No genero, solo gasto.
—¿Tenés ahorros?
—Algo así.
—No te creo.
—Yo tampoco.
—¿Con respecto a qué?
—Con respecto a nada, dejá. Entonces, ¿no tenés idea a dónde mierda vamos?
—No —respondió Diego. Su fábrica de ideas se había apagado hace algunos días, como una lámpara a la hora de irse a dormir. Estaba en modo automático, en manos de ese flaco que podía ser quien aparentaba ser o, tranquilamente, ser un ladrón, o un asesino, o ambas. Estaba a la deriva en busca de un guía humano.
—Yo sé donde podemos ir —dijo el Mudo.
—¿Dónde?
—Tengo un amigo. Vení, no queda muy lejos.
—¿Puede saber algo?
—Es de la Plaza. Es más posible que no sepa una mierda, pero bueno, es mejor que nada.
Todo era mejor que nada.
Diego asintió, y caminaron.
Caminaron y siguieron caminando. Las cuadras quedaban atrás, en silencio. Las calles y las casas se volvían anónimas. La noche tenía un tono distinto. El silencio era más fuerte. Al cabo de un tiempo, Diego ya no sabía dónde estaba.
—¿Estamos cerca? —preguntó.
—No.
—¿Falta mucho?
—¿Te digo la verdad?
—Estaría bueno.
—No tengo la menor idea.
Y lo miró, sonriente.
¿Quién lo había mandado a caminar con ese tipo? La desesperación. Últimamente pensaba con la claridad de un carbón. Primero lo ocurrido con Sol, ahora esto. La pregunta importante era: ¿estaba en peligro? El tipo estaba solo, sí, pero estaba en la Plaza. Parecía encajar con el ambiente, conocerla desde hace tiempo.
—¿Por qué estabas solo? —preguntó Diego.
—¿Cuándo?
—Ayer, en la plaza.
Seguían caminando.
—Ayer necesitaba estar solo. Hoy necesito hablar.
—¿Por qué?
—Porque somos personas. La soledad es una excusa. Dale al más egoísta un año de soledad y presenciá el suicidio más irónico que puedas ver.
Diego guardó silencio. Era la segunda o tercera vez que el Mudo traía a colación el tema del suicidio.
Su apodo era irónico, por supuesto.
Aguirre se detuvo, de la nada, como si un recuerdo hubiera acudido lentamente a su cabeza, ascendiendo desde las profundidades de un volcán dormido. Retrocedió unos pasos y se paró delante de una puerta azul, una casa bonita en un barrio común. Durante unos instantes, se dedicó a contemplar la puerta. Luego, le dio la espalda y observó la vereda de enfrente. Las puertas, los colores, las ventanas, los garajes, las rejas. Diego lo miraba con intriga, unos pasos al costado. El otro le devolvió la mirada y sonrió.
'Es por acá', le dijo.
Diego lo siguió.
—Hace rato no lo veo, hace rato no vengo para acá. No estábamos tan perdidos, igual. El flaco vive a un par de cuadras.
—¿Cómo se llama?
—Le decíamos Madera.
—¿Por qué?
—Es el apellido. Se llama Mauro Madera. M&M, como los cosos esos que son parecidos a los Rocklets.
—Tengo el minúsculo presentimiento de que este tipo no tiene ni la más puta idea acerca de Sol.
—¿Y por qué me seguís?
—Si conoce la Plaza, nos puede dar una idea, por dónde buscar o a quién preguntar. Igual, vos también conocés y me traés a ver a este tipo, qué se yo. Todo es mejor que nada.
—Nos vamos entendiendo, Diego.
Llegaron a la casa y tocaron timbre.
El lugar desprendía una calidez a la que no estaban acostumbrados.
Al cabo de unos minutos, un hombre salió.
—¿Qué hacés, Madera, tanto tiempo? —dijo Aguirre.
Era un poco más alto que el Mudo. Vestía un sweater marrón y unos jeans negros. Parecía estar cansado y se sorprendió al ver a Aguirre.
—¿Vos sabés qué hora es, Mudo? —respondió.
—No, ni idea.
—Son las 12. ¿Y quién es él?
—Es un amigo que necesita ayuda.
—Me parece que te equivocaste, Mudo.
—¿Por qué? ¿No somos amigos?
—Despertaste a Flor. Se asustó con el timbre.
—Uh, disculpá...
—No es horario para visitas.
—Ya sé, pero capaz...
—Y no nos veíamos hace un año. ¿Tan importante es?
—¿Podemos pasar?
El hombre de la casa los examinó con la mirada.
—Cinco minutos. Y entrás vos solo, tu amigo se queda afuera.
El Mudó entró a la casa.
Diego se sentó en cordón de la vereda. La noche parecía estar en calma; no había autos que desfilasen delante suyo, ni personas que caminasen a su espalda. No había voces que penetrasen en su oído.
No había Sol.
Se estaba cansando de buscar y ni siquiera había comenzado. Quería que aparezca, lo necesitaba, como agua para vivir. ¿Por qué había sido tan estúpido?
Si un Dios le hacía elegir entre Sol y lo que quería de vuelta, no sería una decisión fácil.
El silencio había desaparecido por unos segundos. Había escuchado la voz de Sol.
Detrás suyo, la puerta se abrió.
—¿Y? —dijo Diego.
—Seguime. No podemos hablar acá.
Las cuadras, en silencio, parecen durar kilómetros.
La cabeza de Diego empezaba a trabajar.
El Mudo lo miraba cada varios pasos. Caminaba delante de él.
El cerebro de Diego, poco a poco, se iba despertando.
Aguirre miró hacia ambos lados de la calle, y luego se detuvo. Le cruzó el cuerpo a Diego, impidiéndole el paso.
Diego entendió que había reaccionado tarde.
Con un movimiento lento, como un secreto siendo contado, el Mudo Aguirre sacó un revólver de la cintura.
—¿Quién mierda sos, Diego? —dijo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario