lunes, 27 de abril de 2015

Tres

       La noche siguiente no podía dormir. El primer lugar que se le ocurrió investigar fue la Plaza, (así, con mayúsculas) ya que allí había ocurrido su primer encuentro con Sol. Si frecuentaba el lugar, como él, alguien tenía que conocerla. No conocerla de ser amigos o hablar cada tanto, me refiero a conocerla de haber visto su rostro un par de veces por ahí y poder, aunque sin saludarla, identificarla en el caso de cruzársela por la calle.
       Deambuló entre los distintos grupos de personas preguntando por una piba de veintipocos, morocha, con flequillo, bastante linda. Sí, él no se daba cuenta, pero estaba describiendo a la piba más común del mundo. Cuando le preguntaban por más detalles, decía que era escritora. Nadie respondía.
       Había un flaco, solo, tomando una cerveza abajo de un árbol. Era un tipo grande, de pelo largo, bastante desalineado. También era delgado y tenía una campera de un verde raro, apagado, como la que usa Walter White en la última temporada de Breaking Bad.
       Diego se acercó al árbol. Era la única persona a la que no le había preguntado, y suponía que no sabía quién era Sol, con suerte sabía dónde estaba parado, pero no perdía nada con preguntarle.
—No.
—¿Qué? —dijo Diego, sorprendido. No había llegado a abrir la boca y el flaco ya se había negado.
—Te digo que no.
—Todavía no te pregunté nada, eh.
—No, pero te vi. Te vengo viendo desde que llegaste. Hiciste un tour preguntándole o pidiéndole algo a todo el mundo y todos te dijeron que no. Yo soy el único al que no le preguntaste. Y no sé nada que los demás no sepan.
—Sos el más mayor de los que están acá, pero no llegás a ser viejo. Algo más que los demás debés saber.
—Vos también sos bastante grande, eh. O estás hecho mierda. Una de las dos.
—Las dos.
       Aguirre contempló al resto de los mortales repartidos por la plaza. Si bien no todo eran risas, el ambiente era enteramente positivo; nadie buscaba conflictos con otro, las botellas de cerveza estaban en constante movimiento, incluso se podía oír el grito de una guitarra. Era como un pedazo de sueño de John Lennon, pero un poco más sucio. No tenía nada de glamour, no había camperas de cuero con jeans apretados ni vans, ni jopos despeinados con cuidado, ni cuerpos flacos, cerebros vacíos y corazones anoréxicos. En la Plaza era todo real, auténtico, verdadero.
—Parecemos dos papás que vienen a buscar a los hijos. La puta madre.
       Diego asintió, mordiéndose levemente el labio.
       Era una exageración, sí, pero Diego había captado la idea principal. Ellos no encajaban ahí, o sí, podían unirse a cualquiera y escabiar y ser uno más, pero era diferente. No debían encajar ahí, no había nadie de más de 30, ellos tenían que seguir con su vida, tenían que trabajar en un puesto de mierda, tener mujer, hijos, amantes; ser un poco más infelices.
       Se mantuvieron en silencio. Si prestaban atención, podían escuchar el paso del tiempo.
—Me gustaría poder ayudarte —dijo Aguirre—. Conozco la Plaza, a los que vienen, a los que se van.
—No, tenés razón. No creo que puedas.
—¿Por qué?
—Estoy buscando a alguien. Una mina. No la vio nadie, supuestamente.
—¿Cómo es?
—Linda, morocha, de flequillo. Es escritora.
—¿Cómo se llama?
—Sol.
—¿Me estás jodiendo?
—¿Por qué?
—Es mi hija.
—¿En serio me decís?
—No, te estoy jodiendo. La verdad que ni idea.
—La puta que te parió.
—Pero te puedo ayudar a buscarla. Tengo todo el tiempo del mundo. Y justo estaba buscando una razón para no matarme.
—¿Me vas a seguir boludeando?
—No te estaba boludeando. ¿Querés que te ayude o no?
       Diego meditó durante unos instantes.  En algún lugar a su espalda sonaba un tema de Los Redondos, mientras el mismo pibe que tocaba la guitarra cantaba la frase "lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir", desafinando.
—Sí. No hay problema.
       Se dieron las manos y se presentaron.
—¿Querés? —preguntó el Mudo, ofreciéndole la botella.
—No, gracias. No tomo alcohol.
—Uh, disculpá.
—¿Qué pasa?
—No te pienso ayudar a buscar a la piba. No se puede confiar en alguien que no toma alcohol.
—¿En qué se basa esa teoría?
—No te conocés a vos mismo. Tenés miedo de lo que podés llegar a hacer.
—Entre tus deducciones de cuarta capaz se te pasó por arriba que no puedo tomar porque estoy medicado. Todo el tiempo.
—¿Lo estás?
—No. Prefiero tomar Pepsi.
       Aguirre tomó un largo sorbo y dejó la botella a un costado.
—¿No estás apurado?
—No. Hoy ni en pedo la vamos a encontrar.
—¿Quién es la piba? Me das la sensación de que es alguien importante, pero un tipo de importancia diferente al que se le da a un familiar o un amigo. Una conocida importante.
—Una amiga. Bah, no...no sé. Alguien que me podía ayudar. La conocí hace una semana, ponele. Acá, en la plaza.
—Qué raro que no los haya visto. Es raro que a vos no te haya visto nunca.
—Era de día. La primera vez que la crucé era de día. Hace rato que no vengo de noche. No me gusta.
—¿Y qué tiene de importante la piba?
—Tiene algo que es mío.
—Ah, mirá.
—Todavía no sé si me robó, hoy nos teníamos que encontrar y no apareció...qué se yo. No me puedo quedar haciendo nada esperando a que aparezca.
—¿No sos de dar muchos detalles, no?
—Sabés lo que necesitás saber.
—Parecés inteligente, pero también me contás que le diste algo importante a una desconocida, y no me digas que no, porque la mina es una desconocida, y la mina desapareció. Sos como el flaco del libro, ese que tenía dos personalidades, pero en tu caso una es bastante boluda.
       Diego no respondió. Podía ahondar más en el tema y dar su versión, defender su imagen, pero no tenía muchas ganas de seguir hablando.
—¿Me vas a ayudar? —dijo.
—Sí.
—Pasame tu número.
—Mirá, creo que estamos yendo muy rápido...
—Dale, no me jodas. Me tengo que ir.
—Me podés encontrar acá, todas las noches.
—¿Qué hacés de tu vida? ¿No trabajás?
—Mañana te digo.
Buen, como vos quieras.
—¿Vas a pasar?
—Sí. Igual, pasa que...
—¿Qué pasa?
—...creo que estamos yendo muy rápido...

No hay comentarios:

Publicar un comentario