lunes, 27 de abril de 2015

Seis

       La primera piña no la vio venir. El puño izquierdo de Aguirre conectó con la quijada de Diego, haciendo que su cabeza rebote como uno de esos muñecos de colección.
       El mundo había cambiado en un segundo y el peligro se había encargado de decorar el salón.
       La segunda piña la detuvo llevándose los brazos a la cara, cubriéndose con los codos. Pero el revólver seguía allí, mirándolo fijamente. Podía ver el negro interior del cañón, el brillo del exterior del cañón en la penumbra, producto de alguna luz tenue que los acompañaba. Diego se preguntaba si, a esa distancia, uno oía el ruido que provocaba la bala que salía despedida del revólver y se adentraba en su sien. Había leído en algún lado que las personas que morían aguillotinadas, luego de perder la cabeza, durante unos segundos, podían seguir viendo. También había leído que previo a la muerte uno siente un olor específico, un olor que nunca antes había entrado por su nariz. Por ahora, no quería averiguar ninguna de estas tres cosas.
—¿¡Quién mierda sos!? —repitió el Mudo.
—Soy Diego, nos vimos en la plaza. Me estás ayudando a buscar a alguien.
      Intentaba contestar reflejando una calma en su interior que no existía. Pensaba que Aguirre estaba loco. Debía tener una enfermedad mental, bipolaridad o algo así, no estaba seguro. De algo sí estaba seguro: debía tranquilizarse si quería seguir viviendo. Lo iba a tratar como tal, como un enfermo.
—No estoy loco, estúpido.
       No iba a funcionar.
—¿Me vas a contestar? —agregó Aguirre.
—No sé qué más querés que te conteste. Ya lo hice.
—No me gustó esa respuesta. Me estás diciendo cosas que ya sabía. Quiero que me digas quién sos.
—Soy tu amigo, Mudo.
—No, no sos. No llegás ni a conocido.
       Pasó un auto por la calle vacía, ignorando por completo la situación.
—¿Querés que te hable de mi?
—Sí. Quiero que me digas quién sos.
—¿Me estás apuntando con un arma por eso? ¿Vos me estás jodiendo?
       Apoyó el cañón del revólver en la sien de Diego.
—No sé cuál será tu concepto de "joder", pero creo que, comparándolos, nuestros puntos de vista son bastante diferentes.
      Las gotas de sudor trazaban líneas alrededor del revólver.
—Me llamo Diego Serrano. Tengo treinta años. Y un revólver en la cabeza.
—Seguí.
—No sé qué más pedís.
—¿Quién es la piba esta que buscás? ¿Qué tiene que es tuyo?
—Es una conocida. Es escritora. Yo también lo soy. La conocí en la plaza. Pegamos onda y le di unos escritos míos. No sabia cómo cerrar la historia, era una novela.
—¿Y no apareció?
—No. No apareció. Me tenía que ayudar con el final y no apareció.
—Pensaste con la pija.
—Sí, puede ser.
       No entendía qué había pasado por su cabeza en el momento en el que decidió entregarle los escritos. Posiblemente no haya pasado nada, la nada misma, la nada total. No, no estaba enamorado de la piba, era imposible que se haya enamorado en tan poco tiempo. Apenas la conocía. Había sido un estúpido y se arrepentía a cada paso que daba. Hace dos semanas tenía tres cuartos de novela escrita y ahora no solo no tenía ninguna novela, también tenía bastantes problemas.
       Aguirre retiró el arma de su sien, pero seguía apuntando hacia él.
—¿Por qué no fuiste con la policía?
—Porque sé que no la van a encontrar. ¿Cuántos casos conocés de mujeres perdidas que no aparecen o aparecen muertas? Además, sería el principal sospechoso del caso.
—No creo.
—Sí, en serio. Parece que soy el único que la conoce. Quedaría como un loco de mierda, encima.
—Como yo.
—Una cosa así, ponele.
       Ambos sonrieron. La de Aguirre fue una sonrisa verdadera, la de Diego fue nerviosa.
       El Mudo guardó el arma en su cintura.
—¿Hacía falta que tenga que sacar un revólver de mentira para que me hables de vos?
—¿Qué? ¿Me estás jodiendo?
—No.
—No sé si es peor que sea de verdad o que sea falso.
—Peor es que te roben una novela. Eso es boludísimo.
—Estás loco.
—Loco de amor por vos, Dieguito.
       Caminaron hasta la Plaza.
—¿Mañana nos vemos acá otra vez?— preguntó el Mudo.
       Tenía un arma, era una incógnita, un caso perdido, un loco, un peligro para él. Era inestable y sensible. El Mudo Aguirre era una bomba de tiempo.
—A la misma hora, Mudo.

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