lunes, 27 de abril de 2015

Seis

       La primera piña no la vio venir. El puño izquierdo de Aguirre conectó con la quijada de Diego, haciendo que su cabeza rebote como uno de esos muñecos de colección.
       El mundo había cambiado en un segundo y el peligro se había encargado de decorar el salón.
       La segunda piña la detuvo llevándose los brazos a la cara, cubriéndose con los codos. Pero el revólver seguía allí, mirándolo fijamente. Podía ver el negro interior del cañón, el brillo del exterior del cañón en la penumbra, producto de alguna luz tenue que los acompañaba. Diego se preguntaba si, a esa distancia, uno oía el ruido que provocaba la bala que salía despedida del revólver y se adentraba en su sien. Había leído en algún lado que las personas que morían aguillotinadas, luego de perder la cabeza, durante unos segundos, podían seguir viendo. También había leído que previo a la muerte uno siente un olor específico, un olor que nunca antes había entrado por su nariz. Por ahora, no quería averiguar ninguna de estas tres cosas.
—¿¡Quién mierda sos!? —repitió el Mudo.
—Soy Diego, nos vimos en la plaza. Me estás ayudando a buscar a alguien.
      Intentaba contestar reflejando una calma en su interior que no existía. Pensaba que Aguirre estaba loco. Debía tener una enfermedad mental, bipolaridad o algo así, no estaba seguro. De algo sí estaba seguro: debía tranquilizarse si quería seguir viviendo. Lo iba a tratar como tal, como un enfermo.
—No estoy loco, estúpido.
       No iba a funcionar.
—¿Me vas a contestar? —agregó Aguirre.
—No sé qué más querés que te conteste. Ya lo hice.
—No me gustó esa respuesta. Me estás diciendo cosas que ya sabía. Quiero que me digas quién sos.
—Soy tu amigo, Mudo.
—No, no sos. No llegás ni a conocido.
       Pasó un auto por la calle vacía, ignorando por completo la situación.
—¿Querés que te hable de mi?
—Sí. Quiero que me digas quién sos.
—¿Me estás apuntando con un arma por eso? ¿Vos me estás jodiendo?
       Apoyó el cañón del revólver en la sien de Diego.
—No sé cuál será tu concepto de "joder", pero creo que, comparándolos, nuestros puntos de vista son bastante diferentes.
      Las gotas de sudor trazaban líneas alrededor del revólver.
—Me llamo Diego Serrano. Tengo treinta años. Y un revólver en la cabeza.
—Seguí.
—No sé qué más pedís.
—¿Quién es la piba esta que buscás? ¿Qué tiene que es tuyo?
—Es una conocida. Es escritora. Yo también lo soy. La conocí en la plaza. Pegamos onda y le di unos escritos míos. No sabia cómo cerrar la historia, era una novela.
—¿Y no apareció?
—No. No apareció. Me tenía que ayudar con el final y no apareció.
—Pensaste con la pija.
—Sí, puede ser.
       No entendía qué había pasado por su cabeza en el momento en el que decidió entregarle los escritos. Posiblemente no haya pasado nada, la nada misma, la nada total. No, no estaba enamorado de la piba, era imposible que se haya enamorado en tan poco tiempo. Apenas la conocía. Había sido un estúpido y se arrepentía a cada paso que daba. Hace dos semanas tenía tres cuartos de novela escrita y ahora no solo no tenía ninguna novela, también tenía bastantes problemas.
       Aguirre retiró el arma de su sien, pero seguía apuntando hacia él.
—¿Por qué no fuiste con la policía?
—Porque sé que no la van a encontrar. ¿Cuántos casos conocés de mujeres perdidas que no aparecen o aparecen muertas? Además, sería el principal sospechoso del caso.
—No creo.
—Sí, en serio. Parece que soy el único que la conoce. Quedaría como un loco de mierda, encima.
—Como yo.
—Una cosa así, ponele.
       Ambos sonrieron. La de Aguirre fue una sonrisa verdadera, la de Diego fue nerviosa.
       El Mudo guardó el arma en su cintura.
—¿Hacía falta que tenga que sacar un revólver de mentira para que me hables de vos?
—¿Qué? ¿Me estás jodiendo?
—No.
—No sé si es peor que sea de verdad o que sea falso.
—Peor es que te roben una novela. Eso es boludísimo.
—Estás loco.
—Loco de amor por vos, Dieguito.
       Caminaron hasta la Plaza.
—¿Mañana nos vemos acá otra vez?— preguntó el Mudo.
       Tenía un arma, era una incógnita, un caso perdido, un loco, un peligro para él. Era inestable y sensible. El Mudo Aguirre era una bomba de tiempo.
—A la misma hora, Mudo.

Cinco

       El Mudo entró en la casa de Madera y le pareció chocar contra una pared invisible. La calidez lo abrazó. Tomó asiento en un sillón en el living de la casa. Era una casa espaciosa y bastante bonita, o eso suponía: no conocía nada más allá del living. No conocía el baño, la heladera o las habitaciones: nunca lo habían invitado a pasar.
       Aceptó un café y aguardó, a solas. Todo estaba igual que la última vez que vino.
       Cuando el primer sorbo de café besó su garganta, sintió que un Dios estaba entrando en su cuerpo.
—No le pusiste azúcar —dijo.
—No.
—No me preguntaste si quería.
—Nunca te gustó. Y nunca vas a cambiar.
       No supo descifrar sí había un mensaje secreto en el fondo de esas palabras.
—Hace un año que no nos vemos, Mudo. Y venís a casa, con un flaco cualquiera, a las doce de la noche, y me pedís entrar.
—Pensé que me podías ayudar.
—No cambiaste en nada, loco. Los años te esquivan.
—Capaz que a vos te pegan muy fuerte.
       Una voz, femenina, grita "Mauro", desde algún lado de la casa. Lo estaba llamando su mujer. Suponía que desde la habitación. Mauro se disculpó y se retiró del living, cerrando la puerta. Aguirre intentó escuchar qué decían, pegando la oreja a la pared, pero fue un esfuerzo inútil.
       Al cabo de unos minutos, Mauro volvió.
—Disculpá. Flor había escuchado voces y no se podía dormir.
—No, no te disculpes. Yo tengo que pedir perdón. No me di cuenta.
       Mauro dibuja en su cara una expresión que significa " no pasa nada" en el lenguaje de toda la vida.
—¿Cuántos años tiene?
—El mes que viene cumple 4. Creo.
—¿Cómo "creo"?
—Te estoy jodiendo. Nació el siete a las cinco menos diez de la madrugada.
—Tres años. No lo puedo creer.
       Silencio en la sala.
—¿Qué es de tu vida? —dijo Mauro.
—Nada, vivo. Igual que siempre. Vos lo dijiste.
—¿Todo todo sigue igual?
—Sí, todo.
—La puta madre.
—Sí, la puta madre.
       Miraron el suelo, evitando mirarse a los ojos. Si estos eran el reflejo del alma, no querían perderse entre tanta nube gris.
—¿Y Caro? —dijo el Mudo.
—Arriba.
—¿Le dijiste que vine?
—Sí. Me preguntó ella. Lo adivinó, prácticamente.
—¿Me odia, no?
—Sí, boludo.
—Y bueno, alguien tenía que hacerlo.
       Sonrieron. Una sonrisa débil, nostálgica, apagada.
       La situación rozaba la incomodidad. Era una representación del paso del tiempo, de caminos separados, de grandes decisiones y pequeños autoengaños. Era un reclamo al Dios del Tiempo y un insulto al yo-interior.
—¿Quién es el flaco de afuera?
—Un amigo.
—¿Qué tipo de amigo?
—Un amigo de la plaza. Un amigo que necesita ayuda.
—No veo cómo puedo ayudarlo.
—Está buscando a una mina que le robó algo. Se llama Sol. La mina es habitué de la Plaza.
—Vos sabés que hace años no voy para allá. Aparte, ¿qué le robó? ¿Hace cuánto lo conocés? ¿Y por qué lo ayudás?
—Ni idea qué le robó. Algo importante, eso sí.
—Bueh.
—Vino ayer a la plaza y le preguntó a todos por la piba esta. Cuando digo "a todos" es "a todos", eh. Parecía desesperado. Y nada, me ofrecí a ayudarlo. ¿Por qué no?
—Vos estás loco.
—Y vos querés ser como yo.
       Mauro no lo podía creer. "Gabriel 'el Mudo' Aguirre" seguía siendo "Gabriel 'el Mudo' Aguirre". Y su nivel de bondad seguía siendo el mismo.
—No, yo no quiero ser como vos, Mudo. Somos dos personas muy diferentes. Si no fuera por el pasado, vos y yo no tendríamos nada en común, más que estar vivos.
       Costó, pero lo dijo. Pensaba que las palabras se le iban a quedar en la garganta; no sabía si tanta verdad iba a caber en un lugar tan minúsculo. La verdad, cuando no florece a tiempo, se vuelve una sustancia difícil de eliminar. No sabía si ocurriría en segundos, en minutos, o en años, pero sabía que ocurriría. En algún momento de su vida, deseará no haber dicho esas palabras.
       Gabriel no respondía. Estaba digiriendo lo que había escuchado.
       Había un culpable en todo esto, pero ninguno podía decidir quién era. ¿Quién tenía la culpa si el pasado unió pero el presente separa? ¿Quiénes fueron? ¿Quiénes son ahora?
       Aguirre lloró lágrimas invisibles y el silencio lo devoró todo de un bocado. Ángeles de piel gris tocaron la canción muda del olvido.
       Todo estaba roto.

Cuatro

       Diego lo pasó a buscar antes de la medianoche. A pie. Cuando caminó hasta el árbol en donde estaban ayer, no lo encontró. Llegó al cabo de unos minutos.
       La Plaza estaba un poco más muerta que lo habitual.
       Muerta.
       Ella no podía estarlo. La idea lo aterraba. Si se suicidó o fue asesinada le daba lo mismo. O quizás no, pero a grandes cuentas era lo mismo: no iba a volver. Debía volver, debía devolverle ese pedazo de vida, esa porción de alma, ese cuarto de corazón.
       Una semana. La había visto una semana pero sentía que la conocía de toda la vida, o, en su defecto, de toda la muerte.
       Quizás el tiempo era inútil.
       Todavía no había caído. Éste era el momento.
—¿De qué laburás? —dijo el Mudo.
—¿Eh?
—Qué hacés para no cagarte de hambre, pregunto.
—Nada que me pueda hacer millonario.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada, que te seguís haciendo el boludo.
—Más adelante te cuento. En serio.
—Capaz no hay un más adelante. Además, ¿adónde estamos yendo?
—Yo te estaba siguiendo a vos.
—Yo también. Qué boludo.
—¿Y vos de qué laburás?
       El Mudo tardó un par de pasos en contestar, aunque tenía todo el derecho cono para no hacerlo. La pregunta era algo atrevida, considerando que él no la había contestado.
—No trabajo.
—Dale, no me jodas.
—En serio, no hago nada de nada. No genero, solo gasto.
—¿Tenés ahorros?
—Algo así.
—No te creo.
—Yo tampoco.
—¿Con respecto a qué?
—Con respecto a nada, dejá. Entonces, ¿no tenés idea a dónde mierda vamos?
—No —respondió Diego. Su fábrica de ideas se había apagado hace algunos días, como una lámpara a la hora de irse a dormir. Estaba en modo automático, en manos de ese flaco que podía ser quien aparentaba ser o, tranquilamente, ser un ladrón, o un asesino, o ambas. Estaba a la deriva en busca de un guía humano.
—Yo sé donde podemos ir —dijo el Mudo.
—¿Dónde?
—Tengo un amigo. Vení, no queda muy lejos.
—¿Puede saber algo?
—Es de la Plaza. Es más posible que no sepa una mierda, pero bueno, es mejor que nada.
       Todo era mejor que nada.
       Diego asintió, y caminaron.
       Caminaron y siguieron caminando. Las cuadras quedaban atrás, en silencio. Las calles y las casas se volvían anónimas. La noche tenía un tono distinto. El silencio era más fuerte. Al cabo de un tiempo, Diego ya no sabía dónde estaba.
—¿Estamos cerca? —preguntó.
—No.
—¿Falta mucho?
—¿Te digo la verdad?
—Estaría bueno.
—No tengo la menor idea.
       Y lo miró, sonriente.
       ¿Quién lo había mandado a caminar con ese tipo? La desesperación. Últimamente pensaba con la claridad de un carbón. Primero lo ocurrido con Sol, ahora esto. La pregunta importante era: ¿estaba en peligro? El tipo estaba solo, sí, pero estaba en la Plaza. Parecía encajar con el ambiente, conocerla desde hace tiempo.
—¿Por qué estabas solo? —preguntó Diego.
—¿Cuándo?
—Ayer, en la plaza.
       Seguían caminando.
—Ayer necesitaba estar solo. Hoy necesito hablar.
—¿Por qué?
—Porque somos personas. La soledad es una excusa. Dale al más egoísta un año de soledad y presenciá el suicidio más irónico que puedas ver.
       Diego guardó silencio. Era la segunda o tercera vez que el Mudo traía a colación el tema del suicidio.
       Su apodo era irónico, por supuesto.
       Aguirre se detuvo, de la nada, como si un recuerdo hubiera acudido lentamente a su cabeza, ascendiendo desde las profundidades de un volcán dormido. Retrocedió unos pasos y se paró delante de una puerta azul, una casa bonita en un barrio común. Durante unos instantes, se dedicó a contemplar la puerta. Luego, le dio la espalda y observó la vereda de enfrente. Las puertas, los colores, las ventanas, los garajes, las rejas. Diego lo miraba con intriga, unos pasos al costado. El otro le devolvió la mirada y sonrió.
       'Es por acá', le dijo.
       Diego lo siguió.
—Hace rato no lo veo, hace rato no vengo para acá. No estábamos tan perdidos, igual. El flaco vive a un par de cuadras.
—¿Cómo se llama?
—Le decíamos Madera.
—¿Por qué?
—Es el apellido. Se llama Mauro Madera. M&M, como los cosos esos que son parecidos a los Rocklets.
—Tengo el minúsculo presentimiento de que este tipo no tiene ni la más puta idea acerca de Sol.
—¿Y por qué me seguís?
—Si conoce la Plaza, nos puede dar una idea, por dónde buscar o a quién preguntar. Igual, vos también conocés y me traés a ver a este tipo, qué se yo. Todo es mejor que nada.
—Nos vamos entendiendo, Diego.
       Llegaron a la casa y tocaron timbre.
       El lugar desprendía una calidez a la que no estaban acostumbrados.
       Al cabo de unos minutos, un hombre salió.
—¿Qué hacés, Madera, tanto tiempo? —dijo Aguirre.
       Era un poco más alto que el Mudo. Vestía un sweater marrón y unos jeans negros. Parecía estar cansado y se sorprendió al ver a Aguirre.
—¿Vos sabés qué hora es, Mudo? —respondió.
—No, ni idea.
—Son las 12. ¿Y quién es él?
—Es un amigo que necesita ayuda.
—Me parece que te equivocaste, Mudo.
—¿Por qué? ¿No somos amigos?
—Despertaste a Flor. Se asustó con el timbre.
—Uh, disculpá...
—No es horario para visitas.
—Ya sé, pero capaz...
—Y no nos veíamos hace un año. ¿Tan importante es?
—¿Podemos pasar?
       El hombre de la casa los examinó con la mirada.
—Cinco minutos. Y entrás vos solo, tu amigo se queda afuera.
       El Mudó entró a la casa.
       Diego se sentó en cordón de la vereda. La noche parecía estar en calma; no había autos que desfilasen delante suyo, ni personas que caminasen a su espalda. No había voces que penetrasen en su oído.
       No había Sol.
       Se estaba cansando de buscar y ni siquiera había comenzado. Quería que aparezca, lo necesitaba, como agua para vivir. ¿Por qué había sido tan estúpido?
       Si un Dios le hacía elegir entre Sol y lo que quería de vuelta, no sería una decisión fácil.
       El silencio había desaparecido por unos segundos. Había escuchado la voz de Sol.
       Detrás suyo, la puerta se abrió.
—¿Y? —dijo Diego.
—Seguime. No podemos hablar acá.
       Las cuadras, en silencio, parecen durar kilómetros.
       La cabeza de Diego empezaba a trabajar.
       El Mudo lo miraba cada varios pasos. Caminaba delante de él.
       El cerebro de Diego, poco a poco, se iba despertando.
       Aguirre miró hacia ambos lados de la calle, y luego se detuvo. Le cruzó el cuerpo a Diego, impidiéndole el paso.
       Diego entendió que había reaccionado tarde.
       Con un movimiento lento, como un secreto siendo contado, el Mudo Aguirre sacó un revólver de la cintura.
—¿Quién mierda sos, Diego? —dijo.

Tres

       La noche siguiente no podía dormir. El primer lugar que se le ocurrió investigar fue la Plaza, (así, con mayúsculas) ya que allí había ocurrido su primer encuentro con Sol. Si frecuentaba el lugar, como él, alguien tenía que conocerla. No conocerla de ser amigos o hablar cada tanto, me refiero a conocerla de haber visto su rostro un par de veces por ahí y poder, aunque sin saludarla, identificarla en el caso de cruzársela por la calle.
       Deambuló entre los distintos grupos de personas preguntando por una piba de veintipocos, morocha, con flequillo, bastante linda. Sí, él no se daba cuenta, pero estaba describiendo a la piba más común del mundo. Cuando le preguntaban por más detalles, decía que era escritora. Nadie respondía.
       Había un flaco, solo, tomando una cerveza abajo de un árbol. Era un tipo grande, de pelo largo, bastante desalineado. También era delgado y tenía una campera de un verde raro, apagado, como la que usa Walter White en la última temporada de Breaking Bad.
       Diego se acercó al árbol. Era la única persona a la que no le había preguntado, y suponía que no sabía quién era Sol, con suerte sabía dónde estaba parado, pero no perdía nada con preguntarle.
—No.
—¿Qué? —dijo Diego, sorprendido. No había llegado a abrir la boca y el flaco ya se había negado.
—Te digo que no.
—Todavía no te pregunté nada, eh.
—No, pero te vi. Te vengo viendo desde que llegaste. Hiciste un tour preguntándole o pidiéndole algo a todo el mundo y todos te dijeron que no. Yo soy el único al que no le preguntaste. Y no sé nada que los demás no sepan.
—Sos el más mayor de los que están acá, pero no llegás a ser viejo. Algo más que los demás debés saber.
—Vos también sos bastante grande, eh. O estás hecho mierda. Una de las dos.
—Las dos.
       Aguirre contempló al resto de los mortales repartidos por la plaza. Si bien no todo eran risas, el ambiente era enteramente positivo; nadie buscaba conflictos con otro, las botellas de cerveza estaban en constante movimiento, incluso se podía oír el grito de una guitarra. Era como un pedazo de sueño de John Lennon, pero un poco más sucio. No tenía nada de glamour, no había camperas de cuero con jeans apretados ni vans, ni jopos despeinados con cuidado, ni cuerpos flacos, cerebros vacíos y corazones anoréxicos. En la Plaza era todo real, auténtico, verdadero.
—Parecemos dos papás que vienen a buscar a los hijos. La puta madre.
       Diego asintió, mordiéndose levemente el labio.
       Era una exageración, sí, pero Diego había captado la idea principal. Ellos no encajaban ahí, o sí, podían unirse a cualquiera y escabiar y ser uno más, pero era diferente. No debían encajar ahí, no había nadie de más de 30, ellos tenían que seguir con su vida, tenían que trabajar en un puesto de mierda, tener mujer, hijos, amantes; ser un poco más infelices.
       Se mantuvieron en silencio. Si prestaban atención, podían escuchar el paso del tiempo.
—Me gustaría poder ayudarte —dijo Aguirre—. Conozco la Plaza, a los que vienen, a los que se van.
—No, tenés razón. No creo que puedas.
—¿Por qué?
—Estoy buscando a alguien. Una mina. No la vio nadie, supuestamente.
—¿Cómo es?
—Linda, morocha, de flequillo. Es escritora.
—¿Cómo se llama?
—Sol.
—¿Me estás jodiendo?
—¿Por qué?
—Es mi hija.
—¿En serio me decís?
—No, te estoy jodiendo. La verdad que ni idea.
—La puta que te parió.
—Pero te puedo ayudar a buscarla. Tengo todo el tiempo del mundo. Y justo estaba buscando una razón para no matarme.
—¿Me vas a seguir boludeando?
—No te estaba boludeando. ¿Querés que te ayude o no?
       Diego meditó durante unos instantes.  En algún lugar a su espalda sonaba un tema de Los Redondos, mientras el mismo pibe que tocaba la guitarra cantaba la frase "lo mejor de nuestra piel es que no nos deja huir", desafinando.
—Sí. No hay problema.
       Se dieron las manos y se presentaron.
—¿Querés? —preguntó el Mudo, ofreciéndole la botella.
—No, gracias. No tomo alcohol.
—Uh, disculpá.
—¿Qué pasa?
—No te pienso ayudar a buscar a la piba. No se puede confiar en alguien que no toma alcohol.
—¿En qué se basa esa teoría?
—No te conocés a vos mismo. Tenés miedo de lo que podés llegar a hacer.
—Entre tus deducciones de cuarta capaz se te pasó por arriba que no puedo tomar porque estoy medicado. Todo el tiempo.
—¿Lo estás?
—No. Prefiero tomar Pepsi.
       Aguirre tomó un largo sorbo y dejó la botella a un costado.
—¿No estás apurado?
—No. Hoy ni en pedo la vamos a encontrar.
—¿Quién es la piba? Me das la sensación de que es alguien importante, pero un tipo de importancia diferente al que se le da a un familiar o un amigo. Una conocida importante.
—Una amiga. Bah, no...no sé. Alguien que me podía ayudar. La conocí hace una semana, ponele. Acá, en la plaza.
—Qué raro que no los haya visto. Es raro que a vos no te haya visto nunca.
—Era de día. La primera vez que la crucé era de día. Hace rato que no vengo de noche. No me gusta.
—¿Y qué tiene de importante la piba?
—Tiene algo que es mío.
—Ah, mirá.
—Todavía no sé si me robó, hoy nos teníamos que encontrar y no apareció...qué se yo. No me puedo quedar haciendo nada esperando a que aparezca.
—¿No sos de dar muchos detalles, no?
—Sabés lo que necesitás saber.
—Parecés inteligente, pero también me contás que le diste algo importante a una desconocida, y no me digas que no, porque la mina es una desconocida, y la mina desapareció. Sos como el flaco del libro, ese que tenía dos personalidades, pero en tu caso una es bastante boluda.
       Diego no respondió. Podía ahondar más en el tema y dar su versión, defender su imagen, pero no tenía muchas ganas de seguir hablando.
—¿Me vas a ayudar? —dijo.
—Sí.
—Pasame tu número.
—Mirá, creo que estamos yendo muy rápido...
—Dale, no me jodas. Me tengo que ir.
—Me podés encontrar acá, todas las noches.
—¿Qué hacés de tu vida? ¿No trabajás?
—Mañana te digo.
Buen, como vos quieras.
—¿Vas a pasar?
—Sí. Igual, pasa que...
—¿Qué pasa?
—...creo que estamos yendo muy rápido...

Dos

       Era imposible. Esa mujer estaba loca, o demasiado vieja, que eran una suerte de sinónimos. ¿Cómo no iba a vivir nadie allí? Si él mismo había entrado hace algunos días. Quizás más. Le agradeció con la cabeza y esperó a que ingrese en su vivienda, para seguir intentando con el timbre. Le pasaba algo extraño con los ancianos, con la gente entrada en años: una parte de él los admiraba. Tantos años de vida debían otorgarles una sabiduría, proveniente de la experiencia, que los jóvenes no tenían. Diego no era tan joven, tenía 35 años, pero su comportamiento no encajaba con su edad. Volviendo al tema anterior, una parte de él los admiraba, pero otra parte les temía: eran personas que, dentro de algunos años, se encontrarían con la muerte. Eran un nexo entre la vida y aquello que hacía de cuenta que nunca conocería.
       Seguir intentando con el timbre terminó siendo un esfuerzo en vano. ¿Dónde estaba Sol?
        La puerta era una puerta común, bordó, un poco venida a menos, que conducía a un pasillo. Ese pasillo llevaba hacia la casa de Sol. Miró hacia ambos lados de la calle y tomó el picaporte, con cautela, intentando abrir la puerta. Estaba cerrada con llave. Miró su mano derecha y ésta estaba manchada con óxido, como si la puerta no hubiese sido usada por un tiempo.
       Su mirada se dirigió hacia el cielo, intentando buscar una respuesta dibujada entre las estrellas.
       Tenía que aparecer. Había depositado toda su confianza en ella, incluso una porción de su vida, de su alma, y ella había decidido ausentarse. No sabía si asumir la traición, la desaparición, el engaño, o esperar. Quizás había tenido un accidente en el trayecto hacia la plaza, o ni siquiera algo tan trágico, tal vez había tenido un inconveniente y no tuvo tiempo para comunicarse. Quizás se había dejado estar con el mantenimiento de la casa, o directamente no le daba importancia, y por eso la puerta estaba como estaba. Diego era bastante colgado (él mismo se definía con esa palabra) y, tranquilamente, cuando entró al lugar hace algunos días, pudo haber pasado por alto el estado de la puerta.
       Decidió esperar. Caminó hasta su casa. Un mes después, Sol seguía desaparecida.

Uno

       Diego recorrió la plaza por tercera vez consecutiva. Cada tanto, llevaba su mano derecha a su cabeza y la frotaba, como si fuera la lámpara de algún genio, intentando dar a luz a una idea.
       El sol se había terminado de esconder hace algunos minutos. Las hojas caídas de los árboles se amontonaban en distintos sectores del camino y emitían quejidos, en su lengua incomprensible, al ser pisadas. Casi ningún juego de la plaza se mantenía en buen estado, para no decir que estaban, prácticamente, hechos mierda; inútiles si se trataba de intentar entretener a algún niño. A pesar de su aspecto, la plaza tenía un encanto especial, la energía era distinta dentro de ella, cuando caía la noche. Diego, Sol, y varias personas más lo sabían, pero hoy, él la encontraba vacía. Era un pedazo de tierra, un cuerpo sin vida que amagaba con revivir, pero no lo hacía.
       Ella no había llegado, y, considerando el tiempo que había pasado, parecía que no se iba a presentar. Lo había plantado. Se habían visto un par de veces apenas, y el motivo por el cual se reunían era estrictamente profesional. O algo así. La primera que se vieron fue allí mismo, en la plaza.
       Decidió caminar hasta la casa de Sol.
       Tocó el timbre y esperó. Tocó una vez, luego dos, luego tres, cuatro, cinco... hasta que una vecina, cuya edad rondaba los sesenta, salió de su hogar, por curiosidad.
—Disculpe, ¿tiene idea si Sol está en la casa? —preguntó Diego.
—¿Cómo?
—Le pregunté si Sol está en casa —dijo, alzando la voz.
—¿Sol?
—Sí, Sol. Una chica joven. Morocha.
—Sol...
—Sí, Sol.
—Qué raro.
—¿Qué cosa?
—Ahí nunca vivió ninguna chica morocha, joven, que se llamara Sol. Ahí nunca vivió ninguna chica. Me mudé acá hace diez, quince años, y, que yo recuerde, ahí nunca vivió nadie, en realidad.